Siete palabras que usáis en clase de Lengua guardan el mismo secreto. Vais a descubrirlo y después fabricaréis algo con él.
Primera
Antes de abrir ninguna, decid en voz alta qué creéis que tienen en común. Después tocadlas una a una.
Segunda
Irene Vallejo es filóloga clásica y escribió El infinito en un junco, un ensayo que recorre treinta siglos de historia del libro. Mientras lo investigaba se propuso rastrear qué había sido de las mujeres dentro de esa historia. Escuchad qué encontró.
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Vallejo regresa a la misma raíz que acabáis de encontrar. Anotad en qué momento lo hace y con qué palabras.
Tercera
Cada grupo recibe un primer verso. No lo ha escrito nadie de esta clase y de momento no vais a saber de dónde procede. Es el hilo del que tiráis.
Cómo se teje. La primera persona lee el verso cero y escribe el suyo justo debajo. Después dobla el papel de manera que solo quede a la vista el verso que acaba de escribir y se lo pasa a quien tiene a la derecha. Así, cada cual escribe viendo un único verso, el inmediatamente anterior, y nunca el poema entero. Se dan tres vueltas completas.
Nadie firma su verso. Cuando el poema esté acabado, no debe quedar ninguna pista que permita averiguar quién escribió cada línea.
Número de grupo
Cuarta
Abrid el pliegue y leed el poema entero por primera vez, en voz alta y sin corregir nada. Copiadlo después aquí, un verso por línea.
Si vuestro grupo quiere leérselo al resto de la clase, avisad al profesorado: pulsando «Proyectar el poema» aparece en pantalla con el verso cero destacado en rojo, listo para leerlo en voz alta ante todos.
Quinta
Acabáis de escribir un texto colectivo del que ya nadie puede decir qué verso es suyo. Sabéis lo que se siente. Mirad ahora de quién era el hilo que os dieron.
125 años
En 1853 Gertrudis Gómez de Avellaneda solicitó una plaza en la Real Academia Española. Era entonces una de las escritoras más celebradas del país y llenaba los teatros de Madrid. Se la rechazó porque el reglamento no contemplaba la presencia de mujeres.
La primera mujer que ocupó un sillón en esa Academia fue Carmen Conde, en 1978. Entre una y otra transcurrieron ciento veinticinco años, y en ese intervalo las escritoras no dejaron de escribir: dejaron de contar.
Los obstáculos cambian de forma según el siglo, pero se repiten con una regularidad sospechosa. Prohibiciones explícitas de estudiar o de interpretar textos. Nombres de mujer sustituidos por nombres de varón en la cubierta para que el libro se tomara en serio. Elogios que medían el talento de una mujer comparándolo con el de un hombre. Antologías que sencillamente no las incluían. Y cuando nada de eso bastaba, porque la obra era demasiado buena para ignorarla, quedaba el último recurso: recordarlas por otra cosa. Como esposas, como musas, como actrices de doblaje, como santas.
No es que no escribieran. Es que sus nombres se soltaron del tejido mientras los versos seguían allí. Vuestro poema acaba de repetir esa operación en pequeño y en doce minutos.
Y para terminar
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños
Rosalía de Castro, verso final de Dicen que no hablan las plantas, en En las orillas del Sar, 1884.
Rosalía escribió ese verso después de contar que, al pasar ella, cuanto la rodeaba murmuraba y la llamaba loca por seguir soñando. No pidió permiso para escribir y tampoco lo obtuvo. Escribió igualmente, y el verso ha llegado hasta vosotros ciento cuarenta años después.
Las ocho mujeres cuyos versos habéis tenido hoy entre las manos escribieron contra prohibiciones, contra burlas y contra listas que las dejaban fuera. Ninguna esperó a que le dijeran que podía.
Por eso existe el Día de las Escritoras: para volver a atar los nombres a los versos. Devolvedle el suyo al que os ha tocado, y quedaos con lo que habéis comprobado hoy. Que sabéis escribir un verso. Que doce minutos bastan para hacer algo que antes no existía. Y que nadie necesita permiso para empezar.